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¿Qué dirías?

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Dejé al médico por la puerta del frente.

Dejé los medicamentos.

Dejé las terapias.

Dejé los grupos de compañeros de ayuda colectiva en nuestro camino a acoplarnos a la sociedad.

Dejé atrás ese cuadro clínico severo.

Me sigo golpeando con todo en mi camino, mucho. Me sigo quejando a veces, muchas menos de las que me irritan y he sonreído más que antes, la mayoría de ellas son sinceras.
     He escuchado más música, mucha más.
     He comido más y he hablado tanto cómo no te imaginas.
     Tanto como hablaba contigo.
     Te he extrañado, a diario, pero sigo sobreviviendo.
     Por ratos, dejo de sentir que perdí mi centro gravitacional.

Aún escucho Hexen siempre que puedo.
     Aún miro las nubes sobre mi azotea.
     Aún suspiro con algunas canciones.
     Aún me río de las situaciones embarazosas cuando escribía cartas, confundiéndome fácilmente desde siempre.
     Aún conservo ese bonito sobrenombre que se ha vuelto la forma en que el mundo me conoce.

Comencé a leer más que sólo poesía y novelas extrañas.
     Comencé a avanzar de los cómics clásicos y me pasé a las novelas ligeras gráficas, digitales en su mayoría.
     Comencé a hacer ejercicio más por rutina que por terapia.
     Comencé a liberar las barreras de mi mente en lo que escribo y dibujo.
     Comencé a proponerme más metas mientras logro alcanzar el único objetivo.
     Comencé a desear para mí misma.

¿Qué dirías de todo eso?

A veces formulo una conversación que no existirá y me siento consentida por una expresión de felicidad incluso que no es causada por mi actitud diferente, sino por la situación favorecedora, con un aditivo cariñoso que sólo me gustó recibir de ti.
     Es esa imagen la que deja una sensación que me oprime el pecho de una manera tan dulce que le doy un valor a la nada y me levanto cada mañana luego de horas en insomnio con un ánimo venido de esa nada, lista para comenzar el día y respirar profundo en la unidad de transporte, silenciando las voces al interior que siguen gritando aunque mucho más bajo.
     Saludo a la gente a mí alrededor y conversamos como lo harían amigos y compañeros comunes.
     Pratico ejercicios de relajación e intento ver mi realismo orientado a lo funcional positivo.
     Me he vuelto más práctica y he comenzado a hacer pequeñas cosas que el miedo nunca me había permitido pensar, incluso si falta mucho todavía por trabajar.
     Me he vuelto más tolerante con la constante guerra en casa y hasta he comenzado a sentir nuevamente que pertenezco allí, a ese núcleo con todo y las imperfecciones que, ahora veo, son lo que la vuelven "perfecta". 
     He comenzado a ser más comunicativa y hacer llegar mis sentimientos a los demás, aunque aún me cuesta mucho identificarlos tan sólo.
     Me he vuelto más honesta conmigo y con todos. Comienzo a recordar un poco más y a temerme menos.

¿Qué dirías si te contara algunos recuerdos y algunas frases que no me atreví a escribirte?

Este último mes he sentido ese dolor en la barbilla, de nuevo.
     Me ha dolido la cabeza y debo sacudir teatralmente mi cabeza para alejar esos pensamientos.
     Resoplo fuerte y la gente me mira en la calle porque escupo en aire de forma dramática lo que las palabras no alcanzan a decir en silencio.
     Limpio mi garganta con el pretexto de esconder un recuerdo que me hace sentir vulnerable.
     Trueno mis dedos cada que los recuerdos amargos comienzan a invadirme.
     De nuevo.

¿Qué dirías si conocieras mis pensamientos actuales?

Sé que no transmitirías un mensaje de felicidad, y me hiere muy en lo profundo.
     Sé que serías amable, a pesar de todo.
     Sé que me sentiría mal por ello, y peor aún porque no puedo evitar que la nube regrese.
     No puedo cambiarlo, y lo odio.
     Sé que lo volvería a intentar y prometería que la próxima vez haría mi mejor esfuerzo para obtener un mejor resultado.

¿Qué harías si te dijera que también estoy cansada?
     Que nuevamente mi fe está fallando y me está costando mantenerla controlada.
     Que el pasado me hiere pero siento que el presente no es una razón suficiente.
     Que me siento estúpida por sentirme derrotada tan pronto.
     Que lo intento, y en cada intento pongo más fuerza y valor y coraje, añado pasión e intereses y no hacen nada. No ofrecen nada.
      Que sigo pensando que no estoy hecha para el mundo real.
      Que todo esto no es suficiente.

¿Qué me dirías si supieras qué pienso cuando miro a los cerros a lo lejos?

Corrí por le campo alguna vez quemado, lastimando mis pies cómo aquellos días.
     La lluvia me ha hecho ver en las gotas los reflejos de los rostros del pasado.
     Las fechas me abrazan aunque busco distraerme de ellas a toda costa.
     La lectura me arrastra a espacios de luz cegadora y pitidos ensordecedores.
     El entorno visual me hace pensar en rasgos coincidentes entre personajes del ayer.
     Los errores hacen que el miedo vuelva. Que el terror y la desesperanza me hagan perder el apetito, el sueño y las ganas de respirar. ¡Cómo respirar!
     Abro la boca pero nada entra al estómago ni a los pulmones.
     Y me cierro y me vuelvo egoísta.
     Y lo sigo intentando y me tropiezo con 2mm de desnivel.
     Caigo, como siempre.
     Y no me quiero levantar.

 

Y pienso, ¿qué me dirías si yo aún pudiera leerte?

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Comentarios ¿Qué dirías?

oye este articulo es mio por que sale tu nombre
carlos eduardo sanchez garay carlos eduardo sanchez garay 04/04/2014 a las 01:52
Este artículo es mío... Cómo se ha podido publicar en tu blog?
Que que por que sale en el blog de otro
Hola, el último artículo es mío, porque se publicó en tu página????
Hola, disculpa, puedes borrar mi artículo de tu página?? Gracias!!!

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